Un Sevilla ‘chapado a la antigua’ castiga a un Real Madrid indolente

El Sevilla quiso tocar el cielo y ahora busca lo terrenal con urgencia. Lo contrario le pasa al Real Madrid, cuyo reino insiste en recordar que no es la Liga de los demás. Kiev le altera el pulso y el calendario doméstico le aburre soberanamente camino de la final de la Champions. Anoche suerte tuvo al final de no escapar con una cornada muy fea del Pizjuán, aunque de casi nada le sirvan los puntos a dos jornadas del final. Si había dudas sobre la elección de Joaquín Caparrós, se disiparon tras los noventa minutos frente al Real Madrid. El Sevilla del pasado emociona más que aquel frustrante Sevilla del futuro. Es una realidad. Nadie está a salvo de la melancolía. Cuatro toros tenía Caparrós para tocar pelo europeo. Aliñó a la Real y despachó al Madrid con tronío. El fútbol es un imperio anímico.

Zidane llegó a Nervión con un Madrid sin cromos. Partía Casilla de titular y Ceballos de volante. El Sevilla tocó el acordeón en los primeros minutos, estrechando el campo para sacarle alguna melodía al partido. El Madrid sobrevivía sin presión, ni asfixia. Como una piñata que espera resignada el palazo infantil. No tardaron en avisar los nervionenses. Escudero centró al Mudo Vázquez y su remate, envenenado y al marco, lo desvió por poco Sergio Ramos.

El partido se jugaba en tan poco espacio que pronto empezaron los roces. Disputas en zonas templadas. Layún y Theo encarados y Mateu Lahoz acercándose a Caparrós para decirle algo así como que, o contenía al banquillo, o empezara a preparar las chanclas y la ducha. El fútbol era lo de menos. Horizontalidad y tedio. Benzema devorado por los espacios y Kovacic sin soberanía. Sólo Lucas Vázquezcaracoleaba en la derecha como un señor que va hablando solo por la calle. Sin nadie al otro lado, su palabreo era sonrojante.

En el páramo apareció Ben Yedder. Entre cactus y estepicursores se descolgó un balón y el francés no perdonó. Sin florituras, ni relatos. Pareja dio un pase de área a área, Muriel se impuso a Vallejo por alto y el balón llegó a Ben Yedder que orientó el control, le ganó una pedalada a Ramos, y batió a Casilla a ras de hierba. El equivalente, en fútbol, a hacer un retrato con un seis y un cuatro. Mérito de Caparrós quitarle las ínfulas a un equipo que hace no tanto acariciaba cada jugada como Don Vito a su gatito y que de repente está descubriendo los placeres del pragmatismo, el fútbol directo y el caparrismo más emotivo y resultadista. La nostalgia.

Una respuesta con intensidad

El Real Madrid respondió al gol con la intensidad con la que se espanta a las moscas en las siestas agosteñas. Con esa somnolencia y parsimonia. El castigo a su abandono fue otro gol. De nuevo Ben Yedder, electrizante, domó un balón en la banda y cedió a N’Zonzi en el borde del área. El centrocampista francés tiró con fuerza, pero su disparo fue rechazado por la defensa madridista. La pelota quedó calmada en la misma zona, N’Zonzi la recuperó, pasó a Layún y el lateral, solo, feliz, machacó a la red.

El descanso sentó bien al Madrid, que salió con empaque y ganas. El Sevilla no se dejó amilanar, y respondió a la ofensiva visitante con osadía. Fueron unos minutos de chifladura. Una falta de Ramos que se fue por poco, un lanzamiento de Ben Yedder que despejó Vallejo cuando el gol era irremediable, un incuestionable penalti a favor del Madrid que Ramos mandó al larguero y un mano a mano entre Muriel y Casilla que el guardameta madridista resolvió con entereza. Pese al tiroteo, el marcador salió indemne.

A veinte minutos de final, Zidane puso en el campo a Mayoral. Una cosa es no jugarse nada y otra cosa es que se note de una forma tan obscena. El Real Madrid vagaba por el Sánchez-Pizjuán como un fantasma atrapado entre dos mundos: los últimos coletazos de una Liga cerrada y una vibrante final de Champions. Sólo Casemiro mantenía la dignidad en el centro del campo. El resto recordó a un grupo de turistas despistados buscando el cartelón del guía. El gol de Ramos en propia meta acrecentó su leyenda negra frente a su antiguo club. El pasado a veces sabe a óxido. El tanto de Mayoral fue maquillaje desconchado y sensación de tristeza. Se ensució el partido en el último minuto. Mercado empujó a Theo en el área. Ramos volvió a pedir el balón. Lo lanzo a la izquierda. Marcó y pidió perdón. La victoria ya era intocable. Ya sólo quedaba la literatura. Caparrós miraba satisfecho el césped y Zidane ya pensaba en otra cosa.

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