Terror, nobleza y pasión. Los monstruos ilustres del cine.

El cine rescata al último ejemplar de ‘Megalodón’ del planeta, uno de los mayores depredadores que haya existido. A pesar de su tamaño y ferocidad, la criatura no consigue acercarse a la nobleza, pasión y terror de los grandes monstruos de la gran pantalla.

En el Cenozoico, la época terciaria, en el mar vivió uno de los mayores depredadores que haya existido, el megalodón. Más grande que el tiburón blanco, con una mordida terrorífica. En el Pleistoceno se perdió cualquier pista de este colosal animal en el planeta.

Sin embargo, todavía existe un ejemplar y lo ha descubierto, por supuesto, el cine. Megalodón se reencuentra con los seres humanos justamente ahora, en mitad del verano.

La intención es destruirlo, acabar para los restos con la mortífera criatura, siguiendo la mala costumbre del hombre con las otras especies del planeta, pero siempre después de sacarle todo el partido posible en la taquilla. Dirigida por Jon Turteltaub y protagonizada Jason Statham, el monstruo de estas vacaciones de 2018 no llega ni de lejos, por muy gigantesco y feroz que sea, a perturbar como lo hizo el Tiburón de Spielberg.

El Frankenstein de Boris Karloff

Megalodón, me temo, no pasará a la historia como uno de los mejores monstruos del cine. Al fin y al cabo, todo se reduce a un asunto propio de la cadena alimenticia, en el extremo opuesto de los terrores que provocan algunos ilustrísimos engendros de la literatura y la gran pantalla. Y a la cabeza de esta lista de monstruos merecidamente consagrados está, naturalmente, Frankenstein.

De la mano del Golem, nacido de materia inanimada, esta criatura está creada con distintas partes de cadáveres diseccionados y al espanto que esto encierra se unen los horrores de tantos simbolismos que en el relato se han encontrado. El grave error de los hombres de ciencia en su eterna pelea contra la muerte, la soledad del individuo, el miedo a lo que no se puede controlar… Todo ello nació de la pluma de Mary Shelley y ha llegado al cine decenas de veces. Sin duda, la interpretación que hizo Boris Karloff en El doctor Frankenstein de James Whale en 1931 es la que vive en el subconsciente popular.

El príncipe de la noche

La ternura que dejaba entrever aquel monstruo de estatura enorme y cicatrices atroces –“No había mortal capaz de soportar el horror de aquel semblante”- se transformaba en arrebatada pasión en algunas versiones de otro de los más grandes, el conde Drácula. Del fruto de la imaginación del irlandés Bram Stoker han brotado después decenas de películas, videojuegos y novelas gráficas. Orejas puntiagudas, tez pálida, uñas largas y finas, una mirada inquietante y una sonrisa lúgubre, este hijo de la noche se alimenta con la sangre de los vivos.

Pura poesía del terror en Nosferatu (1922), de Murnau, Drácula se popularizó con las interpretaciones de Bela Lugosi, primero, y Christopher Lee, después. Sin embargo, fue Coppola el que mejor demostró su genuina admiración por la esencia de la novela en Drácula de Bram Stoker. Amor y terror viajando a través de los siglos, deseo e inmortalidad manchados de sangre.

Los instintos más salvajes

Ninguno de ello es, sin embargo, tan antiguo como el hombre que en noches de luna llena se transforma en un extraordinario y sanguinario lobo. Otro de los insignes monstruos del cine, en cuyos brazos han caído grandes actores –Jack Nicholson, Benicio del Toro, Lon Chaney Jr.-, a los que, sin duda, les ha provocado escalofrío pensar en la pavorosa posibilidad de perder el control sobre sus instintos más salvajes.

La Momia, otra terrorífica leyenda que se ha colado en el cine, juega en una liga inferior a la de los anteriores, aunque ha sido fuente de generosísimos ingresos para el Hollywood actual. Sin embargo, nunca ha conquistado el corazón de la audiencia. Muchos más fanáticos hay por el mundo para monstruos más modernos, como Freddy Krueger, el asesino de las pesadillas de cara desfigurada y ajiladas cuchillas creado por Wes Craven; Alien, esa voraz criatura del espacio que aterró al mundo de la mano de Ridley Scott y que hoy se ha popularizado hasta en sketches de humor; o los enloquecidos e inquietantes Gremlins de Joe Dante y Steven Spielberg.

La octava maravilla del mundo

Mención especial para el gigantesco Godzilla y otros kaijus, criaturas colosales que salen de una brecha en el mar y amenazan a la humanidad… y el cazador extraterrestre Predator de fuerza descomunal, el asesino armado con un letal gancho Candyman, Hellraiser y su cabeza atravesada de clavos… son muchos más, aunque la imaginación de los creadores del cine empieza a flaquear en este especialísimo territorio de los monstruos.

Tal vez por ello uno de los intentos de recuperación más sonados ha sido el del grandioso King Kong. Nacido en el cine en 1925, cuando todavía no había llegado el sonido (El mundo perdido), se confirmó como otro de los grandes en 1933 en la película King Kong, de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, una de las producciones de la RKO –“Este Kong vale más que todas las películas del mundo”-. Peter Jackson rescató al inmenso gorila en 2005 y, desde luego, convenció bastante más que Jordan Vogt-Roberts hace un año con Kong: la isla calavera. Imposible anunciar aquí a la bestia como lo hicieron en el 33: “Damas y caballeros, ¡este es Kong, la octava maravilla del mundo!”

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