Pablo Ferrández, la forja de un portento.

Después de un vuelo de más de 24 horas desde Australia y unas pocas de descanso, Pablo Ferrández acude a La Quinta de Mahler con la sonrisa y la tranquilidad de quien llegara de un crucero. Parece simplemente el chaval que es si olvidamos que, a sus 27 años, ha tocado en casi todo el mundo y que su agenda incluye ya compromisos hasta comienzos de 2021, cuando debutará en China. Comenta divertido que le había prometido a su madre pasar en casa cada Año Nuevo y que los tres próximos no podrá cumplir su palabra. Sólo en 2018 ha tomado 70 vuelos y tiene la tarjeta de puntos “echando humo”, comenta con esa naturalidad que suele adornar a los portentos.

Con la misma falta de humos lleva a las espaldas el Stradivarius Lord Aylesford que le presta la Nippon Music Foundation y que, por contrato, no puede sacar de su funda salvo en lugar seguro. Desde hace cuatro años disfruta de (y padece) los atributos singulares de este instrumento de 1696, uno de los más antiguos que se conservan, que han tocado antes que él Gregor Piatigorsky y Janos Starker, quien además lo tuvo en propiedad. Para que Ferrández pudiera recibirlo tuvo que hablar en su favor un jurado compuesto por reconocidos músicos y musicólogos que presidía Lorin Maazel.

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