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La gran paradoja de Messi

Soy el hombre que le hizo dos goles a Inglaterra y uno de los pocos argentinos que saben cuánto pesa la Copa del Mundo. México ’86 fue el momento más sublime de mi carrera. Éramos 22 locos dispuestos a ir a la guerra, y logré instalar la idea de que jugar con la camiseta de la selección era lo más importante, aunque la guita la hicieras en un club europeo».

Diego Armando Maradona, que así se expresaba en uno de sus panegíricos (Mi Mundial, mi verdad), ganó el Mundial de fútbol con 25 años. Pese a la decrepitud personal que vino a continuación, esclavizado el genio al tormento, la hazaña siempre lo mantuvo a salvo. Tanto que aún hay quien prefiere reprochar al heredero, es decir a Leo Messi, más futbolista de club que de país, que a sus 30 años -serán 31 en pleno Mundial de Rusia- todavía no haya logrado alcanzar la atalaya del Diego. Maradona, por cierto, sólo ganó un título internacional de clubes: una Copa de la UEFA con el Nápoles (1989). Una heroicidad, eso sí, en su época.

Lionel Messi acaba de ser padre de su tercer hijo -el bebé Ciro acompaña a otros dos niños, Thiago y Mateo-. Su fútbol, metáfora en realidad de su propia vida, refleja la madurez del hombre. No necesita rondar el área para sentirse realizado. Desde unos metros más allá es capaz de gobernar y controlar buena parte de las cosas que suceden en el campo. Gestiona esfuerzos, se gusta a balón parado y comparece sólo en los momentos oportunos y en los lugares adecuados.

Contar con el que quizá sea el mejor futbolista de siempre, sin embargo, trae consigo un reverso de lo más perverso. Y es ahí cuando uno advierte la contradicción en la que se encuentra el Barcelona y el jugador. Leo Messi ya había ganado tres Ligas de Campeones con 23 años (París, 2006; Roma, 2009; Londres, 2011). Una con Rijkaard, pese a que lloró como nunca por perderse la final por lesión, y las otras dos con Guardiola, al frente de un equipo con un consistente plan colectivo. Sin embargo, la que debía ser una era de reinado incuestionable en Europa, no fue tal. Messi sólo ha conquistado una de las últimas seis Champions (2015, en Berlín, y a la vera de Neymar y Suárez). Durante ese mismo periodo, Cristiano Ronaldo, alzaba hasta tres. Conseguidas éstas en los últimos cuatro años.

Tras él, ¿la nada?

El dato continental, discreto para un Barcelona que ha podido contar en los últimos años con un futbolista irrepetible y en el momento de máximo esplendor, invita a la reflexión. Y ahí no queda bien parado un club que, además de desentenderse de lo que pueda ocurrir el día después -no hay más que atender aese vestuario del filial en el que se amontonan temporeros-, nunca supo cómo relativizar los malos momentos de su estrella.

Es ahí cuando conviene analizar lo ocurrido desde que Messi compareció por vez primera en la Champions. Pese a que su estreno fue en el curso 2004-2005 en una derrota frente al Shakhtar (2-0) y junto a futbolistas como Verdú, Rodri o Javito -el argentino sólo jugó aquel partido-, no fue hasta el 2005-2006 cuando Messi comenzó a tener peso. Fue aquella la campaña en la que Europa conoció a La Pulga con una exhibición sobre el barro de Stamford Bridge. Desde entonces, es decir durante los últimos 12 años, el Barça nunca quedó fuera de la Champions si Leo logró marcar en cualquiera de los dos partidos del cruce.

Si ese gol de Messi no llegó, lo que vino a continuación fue el drama. Las ocho eliminaciones que suma el argentino en la máxima competición continental tienen como denominador común que el argentino no marcó ni en el partido de ida ni en el de vuelta de la ronda correspondiente. Aquello de «tras Messi, la nada» nunca tuvo tanta razón de ser.

En la temporada 2006-2007, en pleno proceso de descomposición del equipo de Ronaldinho y Rijkaard, el Barça no pudo pasar de los octavos con el Liverpool como rival (1-2 en el Camp Nou, 0-1 en Anfield). Messi jugó los 180 minutos. Un año después, y a la espera el argentino de tomar el relevo del ’10’, el Barça quedaba fuera en semifinales (0-0 en el Camp Nou, 1-0 en Old Trafford) en otro cruce, esta vez contra el United, en el que Messi no marcó en 151 minutos. Aquella madrugada se gestó el despido de Rijkaard y la llegada de Guardiola.

Tras la conquista continental de 2009, aquel Inter de Mourinho que llegó al Camp Nou con Eto’o de lateral se llevó por delante al Barça en las semifinales del curso 2009-2010 (3-1 en Milán, 1-0 en el Camp Nou). Fue la temporada en la que Guardiola trató, sin éxito alguno, que Ibrahimovic congeniara con Messi.

La peor noche en Europa

En 2011, el argentino marcó el que continúa considerando el mejor gol de su carrera, su vuelo imposible frente al aterrorizado Van der Sar en la final de Roma. En cambio, un año después, en el curso 2011-2012, Messi vivió su peor noche como futbolista del Barça tras caer frente al Chelsea en semifinales (1-0 en la ida, 2-2 en el Camp Nou). Falló un penalti. Abroncó a Guardiola. Lloró.

Su quinta eliminación continental coincidió con un mal momento físico y una situación personal de lo más delicada. Fue la campaña (2012-2013) en la que uno de sus padres deportivos, Tito Vilanova -el mismo que le convenció para que no se marchara del Barcelona-, luchaba contra el cáncer. El Bayern pasó por encima de los azulgranas en la ida (4-0) y Messi ya no disputó la vuelta.

Un año después, el Atlético de Simeone dejó en el camino al Barça del Tata Martino, el mismo que decía que había que alejar a Messi de la pelota. Quién sabe por qué razón. Simeone secó a Messi en esos cuartos de final, tal y como hizo en la temporada 2015-2016, ya con Luis Enrique en el banquillo. En 360 minutos, Messi no pudo marcar un gol. Y el Barcelona se quedó sin respuesta alguna. La Juventus exploró ese mismo camino la campaña pasada (3-0 en Turín, 0-0 en el Camp Nou).

En 2018, Messi busca su primer Mundial, pero también su quinta Copa de Europa. Esto no va de guita, va de un competidor nato.

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