El surrealismo toma el clásico

«Cuando el público ha pagado para ver un fenómeno muy publicitado, quedará satisfecho únicamente si, en realidad, es un fenómeno o si acaba por los suelos». Lo escribió A. J. Liebling en el ‘New Yorker’ a cuento de las veces que silbaban a Muhammad Ali. Se decía que este clásico, sin más en juego que el honor -como si fuera poco-, aburriría a las ovejas. Pues bien. El Camp Nou acogió un partido muy bronco, repleto de alternativas, y que, más allá de los groseros errores del árbitro, deparó un empate entre el Barcelona y el Madrid de los que se recuerdan. Por su surrealismo.

«Las familias felices no tienen historia». Siempre que puede, el escritor mexicano Juan Villoro cita a Tolstoi. Y lo hace sin quizá reparar en que no hay mundo que mejor represente semejante tortura que el fútbol. En concreto, azulgranas y blancos. Los primeros son campeones de Liga y Copa. Los otros, finalistas por tercera vez de la Champions. Pero ambos desvelaron en el clásico un orgullo que es la metáfora de su condena. Su buenaventura está anudada a la desdicha del rival. Qué tormento.

No hubo más que presenciar el grotesco espectáculo vivido al finalizar el partido para entenderlo. Los futbolistas del Barcelona dieron una vuelta de honor con las gradas casi vacías. Y, por si fuera poco, Piqué reclamó, micrófono en mano, al cuerpo técnico liderado por Valverde que hiciera a los futbolistas el pasillo que el Madrid había rechazado. Un momento extravagante que debe llevar a la reflexión.

El estadio barcelonista había iniciado el duelo al grito de «campeones, campeones». Pero, ya al final del primer acto, la alegría había mutado en indignación. Sergi Roberto pecó de novato ante un perro viejo como Marcelo. El brasileño le esperó, y el canterano azulgrana le arreó un manotazo sin reparar en que aquello sólo podía tener un castigo: la roja. Un rato antes, Bale, titular como en los viejos tiempos, se había librado del mismo destino tras dejarle los tacos a Umtiti.

Con todo, aquello era ya una casa de locos. Quien pudiera pensar que no había nada en juego, por supuesto, andaba bien equivocado. Eso que llaman honor es demasiado puñetero como para dejarlo a un lado. Así lo entendió el Barcelona. Así lo demostró el Real Madrid, a quien Zidane hizo entender desde la alineación que con el prestigio no se juega.

El manotazo de Sergi Roberto

Bien podía el equipo madridista haberse dejado llevar por los nervios cuando se vio por detrás en el marcador al amanecer. Entre Sergi Roberto y Luis Suárez perpetraron la transición perfecta por el carril de Marcelo. El centro del lateral no tuvo tacha. Y en cuanto al uruguayo, ya se sabe. Tiene un don con el remate. Keylor no pudo más atender sin rechistar al martillazo.

Aunque fue en la dificultad cuando el Real Madrid creció. Está en sus genes. Reclamó la pelota en la casa de Cruyff y exhibió una superioridad en el juego que sólo se vio mancillada por su escaso instinto asesino cuando el Barcelona andaba ya moribundo. Cerraron los de Zidane pasillos en defensa, lanzaron cuantas veces quisieron a Marcelo ante el andar cachazudo de Coutinho, y alimentaron sin parar a un Cristiano en modo totémico en el Camp Nou y que lo remató todo. Atrapó el portugués un gol, Ter Stegen le birló otro y dejó escapar un par más.

La acción del empate, de hecho, fue preciosa. Busquets erró en la salida y Cristiano habilitó de tacón a Kroos para que éste centrara a la cabeza de Benzema. Pero tal era el afán del portugués que siguió él mismo la jugada para acabar alojando el balón en la red. Piqué pisó al delantero del Real Madrid, y el esguince de su tobillo ya le dejó fuera de combate en el segundo tiempo. Entró Asensio, que fue precisamente quien ayudó a Bale a dejar su marca en el que quizá fuera su último clásico.

Supervivencia con Semedo

Quién lo iba a decir, con un hombre menos, con Semedo por fin cerrando lo que no habían logrado Coutinho y Roberto, el Barcelona vio la luz en la supervivencia. Aunque para ello tuviera que agradecer otro de los muchos errores del colegiado Hernández Hernández. Luis Suárez derribó a Varane, el árbitro dejó seguir y a Casemiro y Ramos se les quedó la cara de quien se sube a la barca de Caronte. Messi se deshizo de los dos y ajustó el balón donde debía.

Se vio el Barça dominador del escenario. Sin quizá reparar en que el Madrid no hacía más que aguardar a que los pulmones de los azulgranas comenzaran a vaciarse para echarse al monte. Iniesta, a la hora de su adiós a los clásicos, marchó al banquillo sin haber podido rememorar su exhibición de la Copa. Y Paulinho, su sustituto, no trajo más que desconcierto. A Suárez le anularon un tanto por fuera de juego de Rakitic. Messi olisqueó también el tercero antes de toparse con la manopla de Navas. Hasta que el Madrid dijo basta.

Llegó el toque de corneta de Zidane. Lucas entró por Nacho. Y Asensio supo cómo encontrar a Bale en el balcón del área para que fuera el galés quien batiera a Ter Stegen.

Messi busco la heroica. El Real Madrid vio cómo el árbitro le negaba un penalti a Marcelo. Y el clásico agonizó sin aliento y con los futbolistas a la greña. No podía ser de otro modo.

Related posts

Leave a Comment