El Real Madrid se agarra al trono en París

El Real Madrid se agarró a la Champions, su territorio de los sueños, para mantener muy viva la temporada. Rompió pronósticos cenizos y se regaló, al menos, una eliminatoria más en la competición donde ha forjado su leyenda de resistencia infinita. Que nadie se relaje, que el rey del torneo sigue respirando. Tras revolcar al PSG en el Bernabéu, después de morder el miedo con aquel lejano 0-1, la noche del martes en las faldas de la Torre Eiffel cuajó una función de veterano de guerra, sin permitir ni un segundo de ilusión a la remontada local.

Zidane fue consecuente con sus ideas y no arriesgó con los lesionados ni siquiera en la noche que se jugaba la temporada y quizá el puesto. Sólo forzó con Marcelo porque él no tiene relevo (Theo) y porque necesitaba algo de manejo de balón en esa medular peleona que tuvo que plantear. Echó de menos en la primera parte el Madrid a Kroos y Modric, cómo no, y también a Isco. Sin ellos se imponían las carreras, las conducciones largas de Kovacic y poco más. El resultado permitía tal contención, a la espera de la contra o el error ajeno.

Cierto es que en los primeros 45 minutos, tensos como final de novela, las dos mejores ocasiones fueron españolas, desbaratadas ambas por Areola. Mucho mérito tuvo la primera, en remate a bocajarro de Sergio Ramos, a los 17 minutos. Le puso la bola Asensio, en su mejor aparición, zigzag y pase atrás. Despejó el portero con reflejos. No necesitó tanto en la segunda, ante Karim Benzema. Solo, tras balonazo en profundidad de Marcelo, resolvió entre perezoso y asustado. Tiró al muñeco sin fe alguna.

Más previsibles sin el ’10’

Ni los arañazos del Madrid hicieron perder el rumbo al PSG, tozudo en la presión arriba y en las buenas maneras con el balón, toque aquí, apertura allá. Eso sí, la vida sin Neymar es menos divertida para ellos y más cómoda para su adversario. Menuda diferencia. Los franceses añoraban el vértigo y la valentía de su 10, anoche en Río de Janeiro con la escayola. Su papá, por mantener el embrujo del apellido en el Parque de los Príncipes, sí anunció su presencia. Pero ni así. Su equipo es otro muy distinto, más corriente y previsible. Al son de Rabiot y Verratti, dos peloteros de primera, el campeón francés ganaba metros casi siempre con dificultad, por la disciplina de la línea zidanesca: Lucas-Kovacic-Casemiro.

Los tres se multiplicaban para sacar agua, hasta que Di María y Mbappé aceleraban. El argentino estuvo algo revolucionado en el arranque, mucha caída y protesta, mientras que el jovencito de los 180 millones, más tímido, fue más efectivo en sus fogonazos. Uno de ellos obligó a Keylor, rápido en el tiro a sus pies. El Madrid salvó con más casta que juego las primeras cargas parisinas, serios todos, sin apenas errores. Sólo Marcelo desentonaba por su delicado estado de forma. Le costaba correr hacia atrás, en peligrosos desequilibrios para las ordenadas filas blancas.

Sablazo de Cristiano

Avanzaba el Madrid sin grandes sobresaltos, más allá de los miedos clásicos de una eliminatoria sin resolver. Varane y Ramos aportaban seguridad y el frente de ataque, seco sin centrocampistas más creativos, trataba de exprimir al máximo cada acción. No perdía los nervios el campeón, convencido de que le llegaría su oportunidad. La cantada caldera del Parque de los Príncipes quedó en fuego de bengalas y tambores en los fondos, lejos la atmósfera de otros escenarios donde estos mismos jugadores han mandado. No es el Calderón, ni el campo del Borussia, ni mucho menos. El show pirotécnico del sector ultra al comienzo de la segunda parte terminó perjudicando más a los suyos, porque el colegiado paró un rato el partido por culpa del humo que debería sancionar la UEFA con severidad.

Casi tres minutos tuvo que esperar el PSG para sacar el córner, mientras se aclaraba el campo. En la siguiente jugada, todavía en tinieblas, Cristiano recordó por qué es el mejor goleador de la historia del torneo. En su primera oportunidad, sablazo. Colocó en la red con un preciso cabezazo el buen pase de Lucas. Todo venía de una salida con clase de Asensio muchos metros más atrás, marchándose de dos en autopase. El portugués metió la frente con la fuerza de su alma ambiciosa y de ese escudo con la corona y la franja morada que ayer cumplía 116 años.

El 0-1 dejó grogui al PSG, sin más remedio que buscar cuatro goles para lograr la clasificación. Una hazaña complicada aún más cuando a Verratti se le cruzó el cable, con amarilla ya, y protestó en la cara del árbitro. Con uno más, el Madrid perdonó el segundo, y fue Keylor el que tuvo que recoger de la red un gol atropellado de Cavani. Nada, más humo disuelto por la lluvia que limpiaba París y el zarpazo definitivo de Casemiro, para redondear su enorme partido de tres estrellas.

Related posts

Leave a Comment