El “momento perfecto” de Lucas Hernández

«No podemos ser perfectos, pero sí podemos vivir momentos perfectos». La frase escrita por Lucas Hernández en Twitter, hace tres años, fue premonitoria. Lo que sucedió después distaba mucho de acercarlo a la perfección personal, con una denuncia por malos tratos compartida con su pareja. En Rusia, en cambio, está a dos partidos de vivir el momento perfecto de un futbolista. Esas dos realidades contrapuestas son el ‘yin y el yang’ de Lucas, las dos fuerzas sobre las que mantiene el equilibrio un futbolista enorme, nacido con el destino de un juguete roto.

Con apellido español, como sus abuelos, padres franceses, educación en España, pero pasaporte galo, el sentimiento de pertenencia acaba por diluirse en una sopa de letras. Depende de la cucharada, se siente uno de una u otra manera. Crecer en Madrid no es suficiente si se hace junto a una madre francesa, a la que el padre dejó por una ‘celebrity’ cuando Lucas y su hermano Theo, jugador del Madrid, eran unos niños. La patria es la infancia, escribió Rilke. En ambos hay algo de Edipo, pero sobre todo, en el mayor, Lucas. La decisión, pues, la tomó la pelota, mientras el Mundial apremiaba.

Didier Decshamps lo hizo debutar con rapidez, en un amistoso ante Colombia, en el que sustituyó a otro Lucas: Digne. Desde entonces, es el dueño del lateral izquierdo. Dada su dualidad, que también utiliza Simeone en el Atlético, Lucas es ideal para cerrar como tercer central cuando Pavard, lateral derecho, se va al ataque. Contra Argentina o Uruguay, los dos duelos de más calado, mostró anticipación, seguridad y carácter.

Criado en las categorías inferiores del Atlético, como Theo, Lucas nunca tuvo doble nacionalidad. Nació en Marsella, en 1996, donde jugaba su padre, Jean François Hernández. Francia se rige por el derecho de suelo, lo que quiere decir que la nacionalidad se adquiere por el mero hecho del nacimiento en su territorio, mientras que en España impera el derecho de sangre. Podría haber iniciado los trámites de nacionalidad mucho antes, pero jamás lo hizo, porque en su caso, como francés, jugaba en su club como comunitario. Su primera decisión, además, fue jugar en las categorías inferiores de la selección francesa, con la que disputó un Europeo sub’19. Su hermano optó por lo contrario, en un caso similar al de Thiago y Rafinha. Con tales antecedentes, la transición normal de Lucas era acabar en la selección absoluta gala.

El interés de Julen Lopetegui, sin embargo, le hizo pensar en un cambio, en optar por una selección que no traicionaba su dualidad, dada su vida en España. El Mundial se acercaba y Deschamps no había mostrado el mismo interés. En marzo, a dos meses de que los seleccionadores dieran las listas para el torneo, dijo que «estaría encantado de jugar con España», que se sentía «un español más» y que hablaba «español mejor que francés». Sólo faltaba la nacionalidad, un trámite para un jugador de élite, siempre que no se incumplan determinados requisitos.

Uno de ellos tenía que ver con los antecedentes penales, ya que Lucas y su pareja, Amalia de la Osa, habían sido condenados por malos tratos, después de una violenta discusión de madrugada, en febrero del pasado año, que acabó con ambos en comisaría con señales de agresiones. El juez dictó una orden de alejamiento que quebrantaron para marcharse juntos a Las Vegas, donde se casaron. Tras el Mundial serán padres. Ello contravino la condición de «buena conducta cívica» que exige la nacionalización. Además, el hecho de haber jugado un Europeo sub’19 con Francia sin doble nacionalidad le abocaba a una interpretación favorable de la normativa FIFA. Con litigios y urgencias, sólo había un camino seguro hacia el momento perfecto.

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