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Adiós a Iniesta, el ángel del Barcelona

“Me encanta que me aplaudan, pero no por cortesía”.

Andrés Iniesta Luján. Piel translúcida. Un cuerpo que, de tan pequeño, de tan aparentemente frágil, sufrió lo suyo para contener tanta tormenta emocional. Un niño que se comprometió con la pelota en la pista de cemento armado del colegio de Fuentealbilla. Un adolescente que aprendió a dominar las lágrimas para poder cumplir el sueño de su padre, José Antonio, y mitigar el dolor de Mari, su madre. Un futbolista ya convertido en estrella, más bien en ángel, que entregó al Barcelona uno de los momentos más emotivos de su historia (Stamford Bridge) y que derrotó a sus demonios, y a los de todo un país, con el gol definitivo del Mundial de Sudáfrica. Lo ocurrido en su última Copa del Rey, la del Metropolitano, cuando el estadio se rindió a una obra maestra que parecía no tener fin, no fue más que la metáfora perfecta del dios terrenal.

Cierra Iniesta su devenir en el Barcelona, el club de su vida, 21 años después de que sus padres y su abuelo materno lo dejaran, desolado, a las puertas de La Masia. “Fue el peor día de mi vida”, según admitió a los periodistas Ramon Besa y Marcos López en sus memorias. Perdió la cuenta de las lágrimas derramadas en su litera. También de las llamadas a su familia desde aquella cabina de teléfono donde los aspirantes a futbolista dejaban fluir el dolor propio del desamparo. Mari, testaruda, se opuso al regreso a Fuentealbilla. Andrés, tan callado, tan responsable con su cometido vital, resistió. Engulló el dolor. Y no paró hasta convertirse en uno de los mejores futbolistas españoles de siempre. Ahora le tocará al Barça echarlo de menos.

No quiere deber nada a la directiva

Iniesta, convencido de que, a punto de cumplir 34 años, podía llegar el momento de que estorbara a alguien, prefiere finalizar el capítulo a su manera. Sin tener que deber nada a la directiva, de la que siempre desconfió. De la que esperó mucho más cuando él más lo necesitaba. Se va como titular en el Barcelona. Tras 16 temporadas en el primer equipo azulgrana, emprenderá, por segunda vez en su vida, otro camino hacia lo desconocido. Maneja una gran oferta de China, país que también impulsaría la distribución de los vinos de la bodega familiar. Él siente que se lo debe a su padre.

Mientras tanto, el Barcelona podrá hacer balance de un tiempo ya inolvidable. De cómo Albert Benaiges acudió al Torneo de Brunete para deleitarse con aquel chiquillo al que la camiseta con el número cinco del Albacete le sobraba por todos lados. De la insistencia de Serra Ferrer para que acudiera por primera vez a un entrenamiento con el primer equipo. Del miedo atroz de Rexach a darle la alternativa (hasta Christanval le merecía más confianza como centrocampistra). De la bendita locura de Van Gaal, el entrenador que le hizo debutar en Brujas el 29 de octubre de 2002 y que ni siquiera parpadeó cuando decidió ofrecerle la manija del equipo a un chico imberbe entre tanta vaca sagrada.

La amarga suplencia en la final de París

A partir de aquí, la gloria. Pero también el peso de la incomprensión, tantas veces omitido en la vida de los futbolistas.

Iniesta fue, junto a su gran apoyo en La Masia, Víctor Valdés, héroe en París. Emergió en la segunda parte para que el Barcelona remontara al Arsenal y ganara la segunda Copa de Europa de su historia. Sin embargo, para siempre se llevaría el pesar de verse suplente en aquella final. Por detrás de Edmilson y Van Bommel, escogidos por Frank Rijkaard para completar el centro del campo junto a Deco.

Iniesta, sin olvidar, sin entender qué podía haber pasado por la cabeza de su entrenador para apartarlo de inicio del partido, se repuso de aquel golpe. Su fútbol alcanzó un nivel superlativo junto a Pep Guardiola, en quien se fijaba cuando pegaba la nariz a la valla del antiguo campo de entrenamiento que había entre La Masia y el Camp Nou. Ahora, un simple párking. Pero comenzaron a amontonarse las lesiones musculares. El 2-6 en el Bernabéu fue el prólogo de un martirio, físico y psíquico, que lo acompañó hasta el Mundial de Sudáfrica.

La muerte de Jarque y la gloria en el Mundial

Iniesta jugó lesionado la final de la Champions de Roma de 2009 frente al United. Los médicos le exigieron que no disparara a puerta ante el riesgo de que reventara el séptum de la pierna derecha. El músculo del disparo. El manchego contribuyó al éxito a lo grande. Logró incluso asistir a Eto’o en el primer gol. Pero, aquel esfuerzo, aquella tortura psicológica, le llevó de cabeza al infierno.

Su amigo Dani Jarque moría durante una concentración con el Espanyol en Italia. El dolor y las roturas musculares se reproducían. La mente llegó a mostrarle lo cerca que puede estar el abismo. Salió Andrés de todo aquello con ayuda, paciencia y perseverancia. Y el Mundial mostró la salida.

Quedaron atrás los miedos e Iniesta pudo disfrutar de su madurez deportiva. Por mucho que el Balón de Oro de 2010 le diera la espaldaFrance Football le ha pedido perdón. Su visión periférica del campo, su cambio de ritmo tras control, su intuición para encontrar siempre el espacio adecuado y la imposibilidad de arrebatar un balón siempre pegado al botín posibilitaron una mezcla perfecta en un centro del campo con Busquets y Xavi.

Alzó los dos únicos tripletes de la historia del Barcelona (con Guardiola y con Luis Enrique), completó su colección de cuatro Champions con las logradas en Wembley (2011) y Berlín (2015) y llevó de la mano a España a éxitos nunca soñados (un Mundial coloreado con dos Eurocopas). Tras su maravillosa obra maestra en la última final de Copa zanja su devenir como el azulgrana con más títulos de la historia (31). Los mismos que Messi, quien agradecerá por siempre haber sido su compañero de viaje.

Estos últimos días, Iniesta ha procurado corresponder a todas aquellas personas que deja atrás. Es en la calma de la noche cuando Andrés acostumbra a atender al móvil y contestar mensajes. Es un hombre emocionado. Y feliz.

Iniesta dice adiós al Barça. Y ahora será el Camp Nou el que llore. Huérfano.

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